Acción climática: las lecciones de la respuesta al coronavirus

Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo.

— George Santayan

La semana pasada la ciudad de Nueva York registró un incremento de un 50 % en el número de ciclistas desplazándose por la ciudad y sus alrededores para evitar el uso de medios de transporte con un riesgo más alto de propagación del virus. Casi de la noche a la mañana, la costumbre de reuniones sociales y profesionales en persona se ha suspendido de forma indefinida. En cuanto al efecto del COVID-19 en el sector de la aviación, bien, alcemos la mirada al cielo para ver los aviones que pasan… Exactamente, ¡no hay ni una estela química

Como resultado de las medidas de restricción de movimiento y reunión, estamos aprendiendo a adaptarnos a la velocidad de la luz. Cada vez hay más personas que eligen los pedales y el aire libre por encima del abarrotado transporte público y los automóviles compartidos. Familias y amigos se están reuniendo de forma virtual a través de plataformas en línea y aplicaciones móviles. No siempre es lo ideal, pero estamos innovando y esto tiene una importancia crucial para el despliegue futuro de estas tecnologías de conexión que nos permitan dejar de lado los viajes con altas emisiones de carbono

Durante años se ha hablado de cómo las reuniones de la CMNUCC podrían recortar sus propios índices de contaminación (en vez de simplemente compensarlos) mediante alternativas al desplazamiento en avión de 15.000 personas varias veces al año. La actual pandemia ha reabierto este debate y el de si la COP podría celebrarse a distancia (véase en esta edición el informe de Ed King sobre la COP26). Está claro que aún falta mucho para que podamos reemplazar las reuniones presenciales con la interacción virtual inmersiva, pero a menudo la necesidad aguza el ingenio. Personalmente, me gustaría que se creasen salas de conferencia virtuales que conectasen a las personas y a delegaciones enteras de todo el mundo sin tener que gastar una sola gota de combustible. Soñar no cuesta nada…

Los mercados de todo el mundo se tambalean y las repercusiones del virus también se han sentido en el precio del carbono en Europa, que había tardado una década en recuperar una valoración significativa de la contaminación. Da la impresión de que se han deshecho en un momento todos esos logros que tanto esfuerzo supusieron para aumentar los precios. Sin embargo, debido a la reducción en la actividad industrial (al igual que en 2008) también hemos visto una mejora importante en la calidad del aire durante los últimos meses y semanas (véanse las imágenes más arriba). Y dado que lo que nos amenaza es una infección respiratoria, la pregunta es por qué, como sociedad, queremos seguir realizando las mismas actividades nocivas que disminuyen nuestra capacidad para combatir enfermedades como esta en el futuro.

El brote de coronavirus ha hecho más para reducir (al menos a corto plazo) nuestra dependencia de productos y servicios con altas emisiones de carbono que ninguna otra cosa en la historia moderna. Si bien esta situación no la desea ni el más ferviente activista climático, sí que nos permite imaginarnos lo que nuestro mundo globalmente conectado puede lograr cuando se ve golpeado por una crisis y la rapidez con la que nos podemos adaptar.

Se dice que la acción alivia la ansiedad y muchos de los que tratamos de combatir la crisis climática hacemos todo lo que podemos para evitar los peores escenarios que la ciencia prevé para nuestro planeta. Aplaudo a los profesionales sanitarios que están trabajando en primera línea durante la emergencia del coronavirus y salvando tantas vidas como pueden. Espero que podamos extraer lecciones y aplicarlas a nuestro estilo de vida: pueden llegar a ser fundamentales para nuestra supervivencia.